Sin Corazon

Oscuridad, vivo rodeado de ella, así como una pequeña isla de luz en medio de un gran océano oscuro, del cual no hay escapatoria alguna. Avanzando entre la penumbra, con la voluntad como único impulso, la esperanza como una lámpara gastada y con un hambre y sed de iluminación.

Nadie conoce mi nombre, solo rumores se escuchan de mí, hay unos que dicen que soy la oscuridad dentro de una persona. Hay otros que dicen que solo soy un extraño, ninguno es cierto, o al menos en su totalidad. La noche sigue siendo joven, puedo notar que ya es otoño por el cambio en el aire, respiro entrecortadamente; definitivamente sé que ya es hora. Por mucho que trate de dormir sé que es inútil, pero de algún modo no he podido dejar de desistir en hacerlo.

Dormir, extraño hacerlo cuando era de noche, pero ahora solo puedo reposar cuando el alba aparece en los cielos, irradiando a los seres su luz y calor, en ese momento toda es energía en mi interior cede y me entrega a los brazos de Morfeo, de un modo inverso es la luz de la Luna la que se encarga de despertarme, ahí es cuando siento eso.

Pulsos y palpitaciones de mi interior invaden mis sueños volviéndolos húmedas pesadillas siempre adornadas con esas capas rojizas. El aguijón de la sed hace de las suyas en mi reposo, el tormento del hambre no se queda atrás, así es como me quedo, atrapado entre dos sensaciones, condenado a vivirlas por toda la eternidad, todo por culpa de ellos.

”Desgracia pura, no”-, murmure entre sollozos,-“Más bien Tragedia.” ¿Cómo no tener una razón válida para detestarlos?, en especial después de lo que habían hecho, ¿Cómo no tener ese psicótico impulso por arrasar con ellos y aniquilarlos?

Me calme un poco, de nada servía enojarme con ellos, no en este momento, justo cuando necesitaba ahorrar mis escasas fuerzas. Podía notarlo, como vis venas se contraían en mi interior pidiéndome el preciado líquido que me mantenía con vida, el que se encuentra en todos.

Con calma, me levante tranquilamente, era tiempo de salir.


Mis dientes rasgaron la jugosa carne detrás del cuello del hombre quien cayó al sentir un peso encima de sus hombros, la punta de mi cuchillo salió por su pecho a escasos centímetros de su corazón.

En silencio contemple como la vida abandonaba su cuerpo, como los espasmos que acompañaban a su agonizante final se ralentizaban poco a poco, en resumen, como la muerte reclamaba una vida otra vez. Me agache para poder lamer los hilillos de sangre que cubrían su cuerpo, el dulce néctar carmesí era comparable a la ambrosia divina de aquella sangre que una vez paso por mi garganta, hace mucho tiempo.

Su sabor me trajo varias memorias, la mayoría de ellas no de una índole agradable, recuerdos negros tapizados con un color rojo, siempre rojo, tanto como los brazaletes de aquellos jóvenes imberbes que aun a su tierna edad actuaban como asesinos, cuyos blancos uniformes semejantes a telas del color de la nieve había teñido de rojo escarlata, de aquellos ojos inhumanos que obedecían como aun autómata las ordenes de aquella fatídica y nefasta institución, pero sobre todo, esos ojos del mismo tono del granate, tan vacíos y carentes de sentimiento y a su vez, los únicos que mire con algo parecido al afecto.

Fue hace mucho tiempo, ¿cuanto?, no sabría decirlo. Desde ese fatídico dia el tiempo ya habia dejado de hacer mella en mi cuerpo, que se conserva joven desde entonces. Haciendo un esfuerzo enorme, cierro mis ojos y me concentro hasta llegar a las profundidades de mi mente, en ese mar de recuerdos en los que los mas antiguos, yacen en el abismo.

Al fin pude recordar la razón, tras la cual fu forzado a convertirme en esta bestia.


La sangre salio del cuerpo como impulsada por la pólvora, la puñalada habia sido certera, el hombre cayo al suelo sin ofrecer resistencia alguna. Había muerto antes de llegar a tocar el suelo, su corazon habia sido brutalmente perforado, por la garra de un ave.

No, claro que no, esos eran solo delirios, era su cuchillo lo que lo habia hecho, ninguna garra, lastimosamente penso Azrael mientras miraba el cuerpo del hombre que acababa de matar. Por un instante se lleno de algo parecido a la culpa, pero lo reprimio, no se podia dar el hecho de ser debil, no en este mundo. Apreto su puño para descargar su ira.

Con la colera apenas disimulada, descargo el mismo puño contra la pared cercana, el ruido de sus nudillos crujiendo y la sensacion de ardor que siguio no fue nada en comparacion a la vision de trozos sangrientos de carne despellejada en su mano, no cubierta por un guante, lo que rompia la simetria de la otra.

Justo como lo pensaba, no habia sentido dolor en lo absoluto, solo algo de ardor. Satisfecho, regreso a su "caceria."


Despues de tanto tiempo, comenzo a perder la esperanza, no divisaba a nadie cerca. Un zumbido penetro en su cabeza, taladrandole el craneo; la pesadilla comenzaba de nuevo.

Aquel tiron familiar en las costillas, aquellos susurros en su oido, esas voces en su mente. Las reconocia. Ellos, los que habian gozado de humillarlo en aquella infernal casa de expositos, los que entraron en su habitacion y se encargaron de profanarlo. Podia sentirlo, otra vez. Y otra y otra.

Las voces en su cabeza clamaban al unisono, como un poderoso torrente de palabras, le pedian sangre, le reclamaban lo que el les habia quitado.

Blandio su cuchillo al ver aparecer a su cabecilla, sin ningun remordimiento alguno, se abalanzo sobre el. Una patada, justo como la garra de una lechuza derribo la silueta burlona de su imaginario rival. El filo de su igual imaginaria garra, solo comparada con la rapidez y mortalidad de su cuchillo de caza.

Su fuerza habia aumentado ligeramente, pues debido al trauma causado por esas aves, tenia la costumbre de imitar sus formas de caza. El ejercicio fue lento y metodico, solo fue cuestion de cortar y sostener.

La cabeza quedo libre de los hombros.

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