La Tormenta

Nunca vimos la Tormenta llegar.

Nuestro pueblo es - bueno era - un lugar pequeño. Había esta gran mina de oro justo a las afueras de los límites del pueblo. Debías haberlo visto, como una gran boca abierta en la tierra, los sonidos de minería siempre saliendo de ella. Algunos dicen que esa fue la razón por la que la tormenta vino. Que fue una especie de retribución divina por robar los tesoros de la tierra. Yo no sé.

Todo empezó con los cowboys. Debimos haberles escuchando. Ellos llegaron desde fuera del desierto al pueblo, aterrorizados. Ellos describieron la tormenta y que estaba en camino, y como nunca habían visto nada como eso, y que mejor corriera mis por nuestras vidas antes de que llegara al pueblo.

Nosotros no les creímos, nos reímos de ellos. Escuchamos sobre su tipo: encuentran un pueblo minero, crean una historia acerca de que deberían salir de ahi, y recolectan todo el oro asentado en la mina. Les dijimos que cabalgatas fuera de aquí con la cola entre las patas. Lo hicieron, diciendo que sea lo que fuera que nos pasará iba a ser solo culpa nuestra. Les dijimos que le dijeran eso a las plantas rodadoras.

Un días después la tormenta cayó.

En ese entonces no podíamos hacer nada más que refugiarnos en nuestras casas o cualquier edificio cercano. Ahí banda amos en círculos haciendonos compañia mientras esperábamos para poder salir. Si uno miraba por la ventana, no vería nada a excepción de la arena volando, y no podrías escuchar nada más que el aullido de la tormenta. Esto duro, no se, un día y medio o algo así.

De todos modos, en algún momento más tarde, se había aclarado. Bueno, pensamos que sí. Había sido tan aterrador que ninguno de nosotros quería salir y ver qué quedaba o qué no quedaba. Bob Lewis, él había sido el primero en salir de su casa. Pobre Bob. Todos nosotros cerca lo miramos por nuestras ventanas. Lo vimos mirar el banco derrumbado, y algún otro edificio que no recuerdo. Tal vez fue una barbería. De todos modos, la tormenta los había demolido a los dos. La calle estaba llena de escombros y los cuerpos de algunos animales pobres que habían quedado atrapados en ella. Había arena en todos los barriles y abrevaderos de agua.

Bob solo nos llamaba para decirnos que saliéramos, cuando las cosas volvieron a oscurecer. Hubo un fuerte estruendo. Todos le gritamos a Bob que corriera adentro, pero él no lo haría. Él siempre fue terco. Creo que no quería dejar que la tormenta lo intimidara.

Bueno, no lo intimidó. Lo mató.

Hubo un fuerte explosión, un destello de luz y un grito. Cuando alguien reunió coraje para mirar nuevamente, el pobre Bob yacía en el suelo, humeando como una fogata, muerto como un enjaulado. La tormenta lo había derribado. Todos volvimos a acurrucarnos, asustados.

La tormenta nunca se fue. Eventualmente, nos dimos cuenta de que alguien tenía que dejar su edificio alguna vez, o todos moríamos de hambre, si no nos quedábamos sin agua primero. Decidimos que saldríamos en pequeños grupos, y si alguien resultaba muerto o herido, los demás podían traer agua o animales que habían tomado como alimento.

Algunos lo lograron. Otros no. La tormenta volvería a ser violenta de nuevo, y más edificios caerían al suelo como ramitas. Podríamos salvar a algunas personas dentro de ellos, aventurarnos y apresurarnos a las estructuras cercanas, pero algunos de ellos no podríamos salvarlos. Más de la mitad de la ciudad debia de estar demolida ahora.

Toda esa destrucción, todo ese desastre. La tormenta lo hizo todo. Supongo que es por eso que decidimos llamarlo la Tormenta, no pudimos pensar en ningún otro nombre que se ajuste a la cosa que tanto devastó…

Dulce cielo misericordioso. La Tormenta está justo fuera de mi ventana. Puedo ver sus ojos brillantes mirándome directamente. Apreto el gatillo de mi arma.

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