El Ultimo Holocausto

‘Esperaba el no ver nuevamente algo como esto.’

El solitario merodeador apretó los labios ante la visión que se extendía frente a sus ojos. Una vasta planicie desértica con los oxidados esqueletos de antiguos edificios que habían sucumbido a los embates de los elementos y el descuido. Marcas de quemaduras, cráteres y otras cicatrices del conflicto feroz y sangriento que estallo en la mayoría de las ciudades después del desastre que hizo que la civilización cayera en picado hace siete años. El tan solo recordar ese primer día de otoño en el nuevo milenio cuando todo salió mal le hacia sentirse mucho más viejo de lo que aparentaba.

Ocurrió cuando menos se lo esperaba uno. No la horrenda y candente visión de un astro colisionando contra la Tierra evocando la imagen de una titánica bola de fuego. No las nubes con forma de hongo que quemaron carne y tierra por igual. Fue tan solo otro de los denominados Cataclismos. Puntos de ruptura en el Orden Universal y Humano aplicados sobre la Tierra. Productos del colapso de los Sistemas Espirituales y el desvió de los anillos y cinturones concéntricos cósmicos, todos ellos cambiados por las manipulaciones ciegas y estúpidas de la Humanidad en su carrera hacia las Estrellas y el Dominio sobre la Verdad.

El primero de estos fue lo que le dio origen al propio Mundo El segundo fue lo que mato lo que lo solía habitar y dio paso hacia las nuevas masas de tierra. El tercero fue lo que mato a las Estructuras Divinas o Dioses. ¿Pero y el cuarto?

El 95% de la población mundial murió en los años posteriores al Cataclismo. Las cosechas no crecieron nunca más en esta devastada tierra de acero, los terremotos masivos se volvieron frecuentes ya que los continentes se desgarraban continuamente a través de la tensión tectónica, la vida animal se había extinguido casi por completo y el aire estaba lleno de toxinas.

El cielo y el mar habían perdido el azul, que había sido reemplazado con un rojo sucio, como si todo el derramamiento de sangre y el caos en esos terribles días hubieran manchado para siempre el agonizante mundo en su propio color. A veces parecía una posibilidad distinta, ya que las ciudades más grandes se habían convertido en viviendas abandonadas, íconos de la cultura y el progreso relegados a lápidas en las necrópolis donde las esperanzas y los sueños de la humanidad habían terminado enterrados, junto con las autoridades de los gobiernos nacionales y regionales … o religiones.

Después de todo, ¿Quién podría ahorrar el esfuerzo de ser leal a una entidad que no estaba allí para ellos en su momento de necesidad? Impuestos, ofrendas, plegarias, súplicas: ¿Para qué servían cuando los poderes a los que se pagaba el tributo no extendían la protección a cambio?

El intercambio equivalente fue la regla fundamental sobre la que se construyó la sociedad humana, y cuando se rompió el contrato social que regía las relaciones entre los poderosos y los desvalidos, el resultado fue la anarquía. Gran parte del mundo se había convertido en un nudo de caos en expansión, bolsillos de depravación y anarquía que al final se autodestruían y se volcaban sobre otros con la perversidad de los depredadores hambrientos que no habían probado la carne en demasiado tiempo.

Con los dientes y las garras, con cuchillo y pistola, con hondas, flechas y armas termonucleares, la sociedad se rompió en pedazos, uniéndose al Planeta en su última agonía. Sin embargo, contra el telón de fondo del gran moribundo, una porción de la humanidad había sobrevivido, aferrándose a vida por pura tenacidad en la nueva era del caos.

Con certeza, no eran tan populosos como antes, ni tan arrogantes ni complacientes, sus esfuerzos y lucha se teñían con una desesperación que hasta entonces solo se había visto en países asolados por la guerra donde cada día era una lucha por sobrevivir. Pero, sea lo que fuere, la humanidad conservó su diabólica creatividad y aversión a la muerte, utilizando su inventiva tecnológica para mantenerlos vivos un día a la vez. Primero uno, luego otro, luego otro, forzándose a levantarse una y otra vez en un intento de evitar el inevitable final, encendiendo fuegos contra la invasión de la oscuridad, como lo habían hecho sus antepasados hace miles de años.

Por lo tanto, en lugares donde permanecían vestigios de orden y gobierno, habían surgido ciudades santuario, lugares donde se disponía de medicinas y suplementos para ayudar a las personas a lidiar con el mundo agonizante, donde se filtraban el aire y el agua para eliminar sustancias químicas tóxicas y radiactivas. Los cultivos se mantenían minuciosamente en invernaderos controlados y ambientalmente ocultos bajo la superficie de la tierra. En algunos casos, como Babilonia, Camelot o Cíbola, aparecieron de los remanentes en decadencia de antiguos asentamientos preexistentes.

Otros, como la tercera versión de Roma, construida en algún punto del Rhin, eran desarrollos completamente nuevos. Cada ciudad tenía sus propias peculiaridades, estructuras defensivas, características de emergencia: La Nueva Roma tenía edificios que podían retraerse en el terreno por seguridad y una gran parte de la ciudad en realidad bajo tierra; las estructuras de la Cíbola se mantuvieron en gran parte dentro del espacio dimensional artificial desarrollado con la ayuda de miles de años de misterio, salvo por los restos de antiguos edificios de la arcaica y mítica ciudad, otrora uno de los baluartes de los Cimientos del Cielo, y solo unas muy pocas (muy fortificadas) entradas desde el nivel del suelo; Babilonia también estaba en gran parte bajo tierra, sin tener ni los fondos ni otros recursos para reconstruir después de una devastadora serie de terremotos que arrasaron la ciudad de la superficie, pero armada con las mentes más brillantes de la edad así como una colección de artefactos místicos y centenares de defensas.

No contando esas tres, aún estaba una parte de la Ciudadela de Lemuria, en la antigua Zona de Mu, un Distrito sepultado bajo las candentes arenas del Sahara formado por antiguos habitantes de Tombuctú y había rumores de una comunidad que parecía estar floreciendo en Nepal, pero viendo que las áreas limítrofes a ese lugar estaban plagadas por los Xoth así como los productos de la Peste que habían surgido de Herrbergorth, nadie se molestaba en averiguarlo.

Se les podía considerar como los últimos bastiones de la humanidad. Aun así, incluso estas ciudades podían albergar solo a una fracción de los supervivientes, y aquellos que no tenían la fortuna de vivir en una de ellas encontraron otras formas de ganarse la vida.

Algunos formaban parte de tribus que construían estructuras destartaladas para protegerse contra los enemigos que conocían. Estarían allí, subsistiendo con semillas de cereales y otros alimentos que nunca habían sido destinados al consumo. Algunos buscaron necesidades vitales como la comida y bebidas no arruinadas de las tiendas y casas destruidas en ciudades abandonadas, pasando su vida en busca de escondites ocultos aquí y allá, suficientes para mantener a algunas personas con vida durante mucho tiempo. Otros se ganaban la vida recogiendo en las cáscaras quemadas de las ciudades abandonadas los restos de productos no perecederos y artículos de lujo para aquellos en los santuarios, donde todavía había mercado para tales cosas. Antigüedades. Ilustraciones, Libros. Joyería y metales preciosos. Ropa dejada en los estantes de los grandes almacenes, producida en calidad y cantidad que la humanidad ya no podía permitirse, ya que la mayor parte de lo que estaba disponible estaba dirigida a la autoconservación, no a las comodidades.

Él ya había estado en algunos de los santuarios menores, y solo había podido visitar Nueva Roma por entero debido al celo con el cual se vigilaban las entradas de Babilonia y Cíbola, cuyos centinelas eran bien conocidos por no tenerle confianza a los de afuera y a juzgar por las bestias y otras abominaciones que vagaban por la Mesopotamia y lo que alguna vez fue Mesoamérica, no se les podía culpar. La tercera versión de la antigua Capital de la Magia no era menos celosa en su vigilancia, pero los valores en los que había sido fundada le impedían el denegar acceso a los necesitados. Si bien la gran mayoría de estos eran recluidos en edificios aparte de la población local, no eran victimas de mal trato, como lo eran los pocos que habían alcanzado refugio en Babilonia y en los santuarios menores. De igual manera, prefería no estar atrapado en uno de ellos, pues a pesar de la seguridad y los alimentos, eran conocimiento general el que tales localizaciones solo atraían mas a los desastres y las perdidas terminarían siendo totales. Ya se había visto antes, en los primeros refugios que habían visto la agonizante luz del sol cuando el Horizonte Gélido se partió en dos. Un remanente perdido del Tercer Cataclismo, la muerte de los Espíritus Divinos y la decadencia de sus Grandes Sistemas. De no ser por el poderío de Se-Osiris y el Rey Salomón, nuestro fin hubiera llegado hace milenios.

Los Xoth surgieron de su hibernacion, armados con sus secretos y conceptos de mas allá de las estrellas arcanas que hace eones habían muerto ante el paso de los Primordiales. Lo que la Plaga de Herrberrgoth no corrompió, los Horrores del Cosmos se encargaron de devorar y llevar a sus cubiles en las gélidas tierras del sur. Cuando los habitantes de Agartha surgieron para hacernos la guerra, se encontraron atrapados en el fuego cruzado. Su raza no vivió nada al final, encontraron su funesto destino a sangre, fuego y las vísceras devoradoras desde el fondo de sus entrañas. Los Apóstoles de la Pestilencia se cebaron con sus restos y montaron su baluarte en la otrora ciudad bajo tierra.

Las grandes cedes de poder y misterios fueran las siguientes en caer. Sin orden entre sus filas, fueron pasto para los seres de otros planos que brotaron de las entradas con los sellos decaídos. Los Iluminados de Baviera, consumidos por los mismos artefactos que guardaron con sus vidas bajo el encargo de los Cuatro reyes Magos. El Sol Negro; Sus míseras abominaciones propias se rebelaron contra sus amos y los llevaron a la ruina por dentro, la sangre corrió por los suelos y la pólvora impregno el aire. Una blasfema mezcla que cerceno todo esfuerzo. ¿los Cimientos del Cielo? Sus remanentes se vieron forzados a retirarse a Cíbola tras el colapso del Ultimo Gran Sistema Espiritual que libero a los horrores antediluvianos que habían contenido por eras enteras. El monstruoso caimán de las aguas primordiales hizo cuenta de la pobre humanidad, ignorante e indefensa del mundo oculto en el suyo. Poco pudieron hacer más que tratar de huir mientras que los monstruos mas allá de su imaginación se revolvían sobre ellos, cebándose de sus miedos, carne y sangre.

Nada se supo de las asociaciones del Medio y lejano Oriente mas que habían sido pasto de la Plaga. El resurgir de las antiguas bestias fantasmales y selladas por la ignorancia colectiva hizo mella en las fundaciones de sus porvenires. La Brillante Cuna de la Civilización, salvo la ciudadela dorada de Babilonia había caído en manos de ellos. ¿Los Pontianos? Inmersos en los océanos fueron los primeros en sentir los embistes de los monstruosos seres que reptaron desde las criptas plutónicas en las entrañas del Mundo. Su orgullo mismo y confianza fueron en verdad lo que cabo sus propias tumbas.

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