Baul

24 de Diciembre de 2014
Unos cuantos quejidos llorosos, apenas audibles eran todo lo que se escuchaba en aquel espacio. Aquella estancia inmersa en las tinieblas y apenas iluminada por la vaga luz selenita que se colaba a través del ventanal de vidrio que daba al patio trasero. Tan densa era la penumbra que aduras penas se podía percibir las sombras de los muebles apilados en sus respectivos lugares estáticos.

Salvo una de aquellas siluetas, que yacía recargada contra la blanca pared. Apilado contra la esquina, su apariencia se podía notar como si las propias sombras evitaran tocarlo. Gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas mientras que sus manos sostenían temblorosamente la familiar silueta de un afilado cuchillo de cocina. La mancha escarlata que goteaba de su punzante punta evidenciaba lo que estaba haciendo.

Trataba de hablar siquiera consigo mismo pues desprovisto de cualquier consejo u mano amiga todo lo demás le parecía inútil pero solo murmullos incomprensibles brotaban de su garganta. Mucho menos podía incorporarse pues sus piernas, se hallaban paralizadas por el dolor. Todo su cuerpo, se hallaba cubierto de diminutos cardenales y moretones violáceos dando a entender que uno que otro vaso sanguíneo había cedido ante los golpes.

El estar inmerso en un intenso pesar era poco para describir lo que le acontecía en aquellos momentos pues incluso el respirar se convertía en un suplicio nada desprovisto de dolores punzantes que perforaban su frágil existencia

Su mente tampoco era la excepción a aquel tormento, siendo continuamente asediada Por un torrente de chillidos imaginarios que se clavaban en su consciencia de una manera mucho más doloroso que las heridas que se iban abriendo a flor de piel mientras manipulaba la filosa herramienta sobre su otra mano, sin atreverse a soltar el cuchillo y la mano temblorosa aunque firmemente asida lo demostraba.

Sin embargo, por medio de un inesperado espasmo, como si se tratara de una intervención divina dispuesta a conceder la redención a la pobre alma torturada.

No pudiendo soportarlo mas, tomo el cuchillo de una manera determinada y comenzó a levantarlo. A pesar de el inmenso dolor físico que se auto-infringía al pasar la afilada carne por su piel abriéndose heridas cuyo tamaño y profundidad aumentaban conforme se aproximaban lentamente al antebrazo, este no era nada en comparación al drenaje de pesar que lo azotaba desde su interior.

Cada golpe, cada cuchillada traía consigo un recuerdo cuya sensación era casi o incluso mas punzante y dolorosa que la hoja de acero moliendo su carne a puñaladas y le proporcionaban mas incentivos para proseguir con su horrido acto al grado que su cuerpo parecía caer dentro de un ciclo demoniaco de automutilación.

La melancolía se había apoderado a tal grado de el que ahora le servía como un pesado lastre hacia el oscuro abismo del cual no había escapatoria alguna. Con cada nuevo golpe del filo semi-plateado, una nueva cresta sangrienta se elevaba de los muñones salpicando tanto la pared como la alfombra sobre la que se hallaba de cuclillas.

La mano, milagrosamente sostenida por obra de una torcida voluntad y el brazo, increíblemente pálido, ahora surcado por decenas de cicatrices supurantes de las cuales brotaban auténticos torrentes sanguinolentos dando a mostrar como la propia vida de su cuerpo, se estaba desvaneciendo por sus propias manos, literalmente hablando.

La otra mano, que sostenía el objeto mutilador con una determinación corrupta, se hallaba a ahora a escasos centímetros de la caja torácica, amenazando con proseguir su macabra tarea.

La luz de la luna quedo oculta tras una espesa capa de nubes, sumiendo al cuarto en la mas negra de las penumbras, como si no quisiera ser testigo de los últimos momentos de aquel acto horrendo. Un ultimo quejido se escucho en la intimidad de las tinieblas mientras la piel del pecho era pelada a punta de cortes poco diestros y agonizantes por parte de la herramienta de cocina.

Sus ojos se entornaron al sentir como la hoja terminaba de cortar su tráquea, dando a salir una cascada carmesí que se precipito de aquella sonrisa sangrienta tallada en la carne del cuello. No contento con aquello, entro en un frenesí mucho peor. Alzo nuevamente el cuchillo y lo clavo en los genitales provocándose una intensa agonía, dominado por la melancolía, lo alzo nuevamente, ahora cubierto con los fluidos de su cuerpo que ya no se derramarían por forma natural y lo clavo en su vientre repetidas veces dando a salir una intensa hemorragia que cubrió mucho mejor que un pincel toda superficie a su alrededor.

Ni siquiera sus ojos, dos perlas cuyo iris, del mismo tono del mar se salvaron de su agonizante frenesí, pues no tardaron en sentir la filosa punta clavándose hasta el fondo de sus cuencas y revolverse en una espiral viscosa entre blanco de lo mas puro y un intenso rojo que comenzaba a desparramarse por ellas junto con lo que parecía ser un roció salado.

Vacíos se quedaron, como si la propia oscuridad se hubiera adentrado por amabas cuencas mientras que una ultima lagrima, una perla sangrienta rodaba por su mejilla aun cubierta por los restos inconfundibles de un rictus forjado por el llanto.

La luz de la luna regreso solo para iluminar nuevamente la estancia. Mostro el estanque sangriento bajo el cuerpo apoyado en la pared, su brazo izquierdo, sin nada que lo sostuviera ya, cedió ante la gravedad precipitándose contra el suelo donde cayo con un golpe tosco llevándose consigo la herramienta suicida que aquella noche, que para muchos era símbolo de jubilo y alegría, había cortado mas que simple carne.

Si alguien hubiera tenido la desgracia de estar presente en la casa o peor aun, entrar en aquel espacio durante esos terribles momentos, aquella horripilante vision se hubiera quedado clavada en lo mas denso de su hipocampo, convirtiéndose en un macabro recuerdo y un sustento para el insomnio de la persona en sus años por venir. También hubiera jurado que en aquel sitio, el frio estaba bastante presente, de una manera muy poco normal, aun demasiado para la medianoche en pleno invierno. Hubiera sentido como una punzada recorría su columna vertebral al creer el haber escuchado un lamento.

Un lamento que no broto de tráquea alguna, que no salió de una boca sostenida por músculos y tendones carnoso, sino que un sonoro y seco aullido espectral que parecía provenir de todas partes y de ninguna.

'"Why me?"'

Y la sangre aun corría de nuevo, aun cuando estaba cercana a la coagulación. Pues se dice que cuando el propio homicida esta frente a su victima, aun después de muerta, el propio cuerpo lo desenmascara como el maldito culpable de el find e una vida. Pero lo mas macabro en ese preciso caso, es que no había nadie mas. Solo la propia victima.

<En Construcción>

Inicio
Una alarma fue lo que interrumpió el silencio habitual en el que nos encontrábamos inmersos. Nunca la habíamos escuchado antes, por lo que la gran mayoría se vio confusa, buscando desesperadamente que hacer, yo entre ellos.

Me levante de mi pupitre, preso de la confusión, justo igual que los demás, ¿aterrado también?, pero una vez que estuve de pie, fui testigo de varias cosas que acontecieron ante mis ojos.

Dicen que las personas dejan caer sus máscaras en las peores situaciones, muestran verdaderamente lo que son: seres egoístas que ponen sus vidas como un bien preciado que excede en valor a las de los demás.

El empujón no llegue a sentirlo, pero si el golpe contra el suelo, levante mi cabeza ligeramente adolorido, el culpable ya salía a máxima velocidad por la puerta, corriendo en un intento desesperado por salir del edificio.

Imitando su ejemplo, la mayoría de los niños del salón salieron corriendo a la máxima velocidad que les permitían sus pequeñas piernas hacia la salida.

Fui testigo de cómo se empujaban entre ellos, se golpeaban sin tener alguna consideración sobre la edad, tamaño e incluso genero del disputante, algunos caían al suelo, mientras que otros terminaban contra las paredes.

Sentí como la suela de una bota se clavaba directamente en mi mano derecha dejando sus marcas en mi carne doliente.

Yo, tirado en el suelo, mientras los demás escapaban de una situación en pánico, no entendía lo que ocurría, los gritos de terror llenaban mi mente, pero aun así no lograba entenderlo, pero lo que mi mente no capto, mi olfato hizo: fuego.

El inconfundible aroma del fuego iniciando su pronta combustión en todo lo que alcanzaba a tocar y para mi poca fortuna, las paredes se encontraban hechas de madera de abeto.

¿Iba a morir ahí, siendo consumido lentamente por las llamas, incapaz de hacer algo por evitarlo?

Adolorido, logre incorporarme con trabajos, pero aun así dispuesto a sobrevivir saliendo del aula, pero más adelante, de la escuela.

Sin embargo, al salir de aquel salón, me topé con una visión que nunca podré olvidar, el Infierno mismo.

Primero fue una corriente de calor que recorrió por entero mi cuerpo, haciendo que mis ojos ardieran, pero después, aquellas luces tomaron su lugar.

Frente a mí, en ambos pasillos el fuego ya se había extendido y formaba unas gigantescas lenguas que incineraban todo lo que tocaban.

Unos chillidos infantiles sonaron a unos cuantos pasos detrás de mí. Volteando, mire como unos cuantos niños de Maternal habían ido a parar hacia este pasillo, pero su situación no era mejor que la mía, ya que las llamas ya les habían cortado todos los caminos posibles.

Los niños lloraban aterrados, llamando inútilmente a sus madres que con toda razón, estaban completamente ajenas a lo ocurrido.

Uno de ellos me dedico una mirada suplicante e intento avanzar hacia mí, pero una detonación a su izquierda se lo impidió.

Las lenguas flamígeras que los rodeaban se asemejaban a un león encolerizado, que no tenía ninguna intención de dejarlos vivos.

Yo, con solo catorce años cumplidos, no era muy diferente a aquellos infantes, que habían sido abandonados a su suerte, admito que me pudriré en el Infierno por lo que hice, pero no tuve ninguna otra opción. Fui exactamente como los demás, también me fui.

Corrí lo más rápido que pude a través de los pasillos, donde las llamas se acercaban cada vez más, dispuestas a envolverme en ellas.

Lágrimas de miedo recorrían mi rostro mientras que el sudor a consecuencia del calor hacía que mi piel no se sintiera tan candente, pero no eran nada cuando me descuidaba y alguna flama lograba tocar mi piel, propinándome su cálido y nefasto toque.

A medio camino conseguí escuchar los gritos de aquellos infantes siendo consumidos por las llamas. Conmocionado, me detuve por un momento, las lágrimas no paraban de resbalar por mis mejillas.

“¿Por qué me pasa esto?”-, pensé

Luego accidentalmente termine por pisar una viga del piso…

La sensación de caída fue increíblemente etérea, como si fuera suspendido en el aire por unos momentos, el cuadro que se dibujaba ante mí era…

“Brillante”

Me sentí como un ángel siendo despojado de su título y arrojado hacia las fauces del averno, donde me esperaban las llamas eternas que me consumirían por toda la eternidad.

La caída no fue nada en comparación a lo que siguió, fue solo un preludio para el suplicio que me aguardaba, que no sería sino el comienzo de mi tormento.

Las llamas comenzaron a envolverme, propinándome su letal abrazo cuyo propósito era más que despojarme de mi vida.

Consumir mi carne, tal como una fiera, una bestia de calor comiendo de mi carne hasta dejarla negra. El dolor era insoportable, poca cosa podía hacer que no fuera gritar.

Ahí, en ese lecho de madera chamuscada, siendo cubierto por una sabana de fuego, no tarde en perder el conocimiento e ir a dormir…

Nacimiento.
“Dense prisa con el carrito”-, dijo una voz con un tono imperioso.

“Se encuentra en camino”-, anuncio otra, claramente de una mujer, todo se oía lejano, hueco, carente de sentido alguno, como si hubiera una gruesa cortina de agua separándolos. Abrió lentamente sus ojos.

Un cegador haz de luz se coló por las rendijas de sus parpados causándole una impresión muy fuerte, se retorció instintivamente, solo para darse cuenta de una sola cosa: Se hallaba preso.

No preso de estar encerrado en una jaula, sino que sujeto por ciertos seguros a una mesa metálica, de espalda para abajo, lo que le permitía mirar todo el tiempo hacia arriba, donde podía ver la lámpara que lo se encontraba iluminándolo.

“Oh, muren, ya despertó”-,anuncio una tercera voz, con algunos esfuerzos, logro mover su cabeza solo para lograr ver una figura cubierta por una bata medica que lo miraba desde un rincón cubierto por sombras, mismas que ocultaba su rostro.

La figura dio un paso al frente, seguido de otras tres, quienes usaban el mismo atuendo: dos hombres y dos mujeres, la quinta figura permaneció en la penumbra, pero viendo todo atentamente.

“Es sorprendente el hecho de que haya sobrevivido a un accidente de tal magnitud, pero sobretodo que ahora se mantenga vivo con tan solo un 90% de quemaduras en todo su cuerpo”-, comento una de las mujeres mientras sostenía unas tenazas de aspecto amenazador.

“Apoyo las palabras de la Dra. Nora, me parece sorprendente ese hecho, además que lo veo como un buen espécimen desde mi óptica”-, Añadió uno de los hombres mientras se colocaba sus guantes de látex.

“No dejen que sus emociones les guíen”-, replico secamente la voz de la quinta figura, del que se había mantenido en las sombras,-“¿”Espécimen Perfecto” donde? , Lo único que veo es un crio casi completamente quemado”-, siguió diciendo el hombre mientras avanzaba hacia la luz, lo que le permitió a nuestro infortunado protagonista el poder tener una buena visión de su rostro.

Un grito de terror fue ahogado por la mordaza que cubría su boca, pero eso no evito que su cara mostrara una mueca de horror absoluto.

La cara de aquel hombre era un cuadro horriblemente grotesco, horrido como la pesadilla de un demente, repulsivo como la carne de un muerto en plena descomposición. Aquella tez amarilla, cubierta con múltiples marcas como de escamas, en un estado de deterioro por un lado, mientras que por el otro…

Era casi preferible el primero en comparación, la carne se encontraba descubierta, llena de numerosas deformaciones y bultos de carne roída e hinchada con pus, con una rendija de hierro tratando de inútilmente tapar aquella faceta de rostro mutilado, pero más arriba, el ojo, visible e único, era tan solo una pequeña masa gelatinosa cuyas venas sobresalían a través de la piel, como pequeños rieles. El iris, con una rendija enorme color ocre, y el resto del globo ocular y la esclera de un tono verdoso le recordaban a ratos al de una víbora, el hecho de solo ver a través de la rendija una lengua larga y húmeda, con un corte que la hacía ver bífida no hizo más que aumentar esa imagen del doctor.

El hombre-serpiente se acercó aún más, para su horror y paso su mano por su vientre cubierto por tan solo unas cuantas vendas, el solo contacto entre su piel, todavía caliente y la fría mano del doctor le hizo retorcerse una vez más. El doctor pareció darse cuenta de su incomodidad por lo que prosiguió con tocar varias zonas, hasta detenerse en las manos.

“Las manos son una pérdida de más del 90%”-, sentencio mientras retiraba las vendas de ellas y ponían sus frías y húmedas manos en ellas.

Uno de los doctores, venciendo la atmosfera de incertidumbre que parecía rodearlos se atrevió a preguntar.

“Doctor Antoinne..¿Eso significa lo que creo que se significa?”-, pregunto notablemente nervioso, a simple vista se notaba que en su cabeza, ya había imaginado lo que seguiría a continuación.

“En efecto, ya no servirá para ejecutar los procedimientos de la cirugía base-búho del tipo 2.0, pero no importa, el Líder mismo afirmo que eso puede esperar, en lugar de eso, nos servirá simplemente para recolección de piezas, por lo que empezaremos con las manos, déjenlas en mi despacho, yo mismo preguntare al Árbol para que las necesitaran, una vez que terminen con eso, pueden tomar un descanso e iniciar con el vientre”-,Termino de decir el Doctor Antoinne, quien sin lugar a dudas era la máxima autoridad de la sala.

“Entendido”-, contestaron a coro el resto de los doctores, quienes se dispusieron a acomodar todos los materiales que consideraron que iban a necesitar en la “operación”.

El, aun habiendo escuchado toda la plática, no se encontraba para nada tranquilo, nada de eso sonaba bien.

“Esto es solo un sueño, nada es real, en cualquier momento la maestra me golpeara con la regla y me ordenara que conteste una pregunta, yo me equivocare y quedare como un tonto”-, se decía a si mismo.

Uno de los doctores se le acerco, en una mano llevaba algo parecido a una sierra, en su rostro, solo cubierto por unas gafas y un cubre bocas, no había una mínima expresión.

“No es real, no es real”

Esas voces de su mente seguían hablando.

“No es real, no es real”

El brazo se levantó y en la cima llevaba el grueso filo.

“Nada de esto está pasando”

Solo cuando el brazo cayó y el filo impacto contra la carne, se dio cuenta, de que el tormento, no había terminado.

Un torrente carmesí broto de la herida recién formada, mientras el trataba de proferir numerosos gritos que no conseguían ser escuchados.

Ahí mismo, en aquella mesa metálica, siendo mutilado por un grupo de gente inhumana e indiferente, solo podía seguir retorciéndose y pataleándose mientras su tormento continuaba.

Grito aún más fuerte al sentir como el filo de la sierra metálica había tocado fondo, es decir, había atravesado por completo toda su muñeca y cortado el último enlace sanguíneo que tenía con su mano derecha.

Con calma, uno de los médicos tomo el miembro y lo separo suavemente de los pocos trozos de carne que se mantenían sujetos a él propinándole una serie de dolores agudos que recorrieron su interior. El solo pensar en que tenía que pasar por la misma situación otra vez menguo todas sus esperanzas de salvación.

El segundo golpe en su otra muñeca no fue nada comparado con los anteriores, pero la cara del médico solo revelo un intenso fastidio.

“Traigan la sierra eléctrica por favor”-, demando sin ocultar su cólera mientras arrojaba la sierra hacia lo que parecía ser un cubo de basura.

“¿Algún problema con la sierra?”-, Pregunto súbitamente interesada una de las mujeres quien se había visto más concentrada en ordenar el estante más cercano.

El Dr.Antoine no pareció verse de muy buen humor ante las actitudes de sus subordinados, por lo que se movió molesto y arrebato el aparato que uno de ellos cargaba con la intención de entregárselo al que se estaba encargando de amputar las manos.

“Yo me hare cargo de esto, manada de incompetentes”-, les dijo secamente, antes de dirigir su atención hacia él, quien lo miraba desde la mesa metálica, el miedo en su mirada cambio hasta volverse una autentica expresión de asco y repulsión.

El Dr pareció darse cuenta de eso, por lo que sonrió en su interior mientras agitaba su lengua dentro de su boca, espectáculo grotesco del cual nuestro protagonista tenía entrada VIP y no disimulaba en nada su desagrado.

Los pensamientos en la oscura mente del Dr. ya se habían tornado un tanto morbosos e inquietantes, pero se controló, no era solo una aspiración lejana, no había manera en la que…

Sin embargo, una opción apareció en su mente, la tentación era demasiado fuerte pero se contuvo, ya pensaría en eso después, pero en ese mismo momento, se iba a conformar con tan solo una mínima parte.

Prendió la herramienta y la coloco justo encima del sitio indicado, sus ojos centellearon con un brillo maligno mientras se preparaba para asestar el golpe.

La afilada rueda dentada comenzó a girar emitiendo unos chillidos espeluznantes mientras sus curvas cuchillas giraban tan rápido que su forma original ya se mantenía distante.

Lentamente el círculo metálico comenzó a descender hasta rozar levemente la carne de la muñeca, aquello no hizo más que despellejar ligeramente la carne superficial.

El seguía retorciéndose, el solo tener que pasar por el mismo tormento, de nuevo, de nuevo, de nuevo.

Macabra reproducción de sensaciones nada placenteras, horrido juego de leñador y árbol, siendo despojado de sus ramas, primero una para seguir con la otra y el solo tener en la mente el pensamiento de lo que podría seguir no hizo más que aumentar la desesperación dentro de él, que crecía cada vez más en su alma, siendo la semilla de un árbol maligno que encontraba en su mente un sitio fértil para crecer.

La sierra comenzaba a hundirse en la carne, sorprendentemente a un ritmo incluso más lento que la análoga, ya que el hombre-serpiente gozaba de escuchar los gemidos que su víctima profería detrás de esa mordaza, el solo imaginarlos aumentaba su excitación y disminuía la velocidad del dispositivo solo para poder admirar esa cara suplicante y atemorizada que lo miraba desde la mesa metálica.

Su lengua, similar a un monstruoso apéndice sobresalió por la rendija metálica que cubría el lado siniestro de su cara, como si al igual que un ofidio pudiera probar el aire, pero si lo hiciera, se podría decir que lo único que probaba y gozaba era el aurea de dolor y la desesperación que rodeaba a su paciente, siendo emitida por su cara principalmente.

Aquellos gestos, muecas, expresiones o como quisiera llamarlas las estaba disfrutando y no lo negaba, quería ver más y más…

Ansiaba pasar su lengua bífida por ese jugoso cuello para poder tomar hasta la mínima gota de sudor, absorberlo, volverlo parte suya. Tomar la carne y consumirla, consumirlo a él, apoderarse de él, no mejor aún, tomarlo por completo.

Pero por ahora, se conformaría con un pequeño trozo suyo…

Con un crujido, el hueso la zona más complicada cedió ante la arrolladora presión que le propinaba la rueda metálica.

Con solamente su mano, arranco la antigua mano dejando solo un muñón semi-cubierto con vendas que ya empezaban a teñirse de un tono escarlata.

“Esta hecho, inútiles”-, replico con su voz ofídica,-“No se molesten en llevar las muestras al departamento, yo lo hare, como temo que provoquen un desastre en mi ausencia, dejen al chico en alguna celda, ya mañana podrán empezar la extracción de órganos”-, termino mientras metía en una bolsa de plástico transparente las dos manos, que ya cubiertas en su mayor parte con quemaduras, parecían todo excepto las de un chico de 14 años.

El Dr. Antoinne se precipito fuera de la sala con una expresión de satisfacción en su rostro, si bien ya no tendría el placer de poder admirar esa cara que le había dejado varios placeres imborrables en su mente, al menos ya tenía algo para recordarlo, ahora solo tenía que ver que tanto podría conservar sus nuevos juguetes.

De vuelta en el laboratorio, los doctores asistentes miraban inquietos el cuerpo del chico, si había algo de humanidad en ellos, era eso, pensaban que lo mejor sería matarlo, no había necesidad de que pasara por el tormento de ser operado sin anestesia, además de que después de vivir la pesadilla de haber contemplado como le amputaban las manos sin poder hacer algo por evitarlo, aunque siguiera viviendo, el trauma sería demasiado grande.

“Ni lo piensen, sigamos las órdenes del Dr. y listo”-, Dijo uno de ellos tomando la iniciativa, mientras avanzaba hacia la mesa y despojaba de sus abrazaderas al joven,-“Ahora ayúdenme a llevarlo hacia una de las celdas, tal vez con suerte muera por pérdida de sangre”

Los demás médicos aprobaron su decisión y le ayudaron a llevarlo a una diminuta celda, sin ventanas y con la puerta blindada.

Lo depositaron en una esquina, tan solo cubierto por algunas vendas y una pequeña bata debajo de la cual se veía su cuerpo quemado y en la punta de sus brazos, solo se notaban las vendas sangrientas que la sangre aún no había terminado de entintar.

El ruido de la puerta cerrarse hizo que el regresara a la realidad, abrió primero su ojo mientras trataba de incorporarse, vio la ausencia y comenzó a derramar las lágrimas.

Definitivamente, nada podía ser peor que esto. El ruido de la puerta cerrarse hizo que el regresara a la realidad, abrió primero su ojo mientras trataba de incorporarse, vio la ausencia y comenzó a derramar las lágrimas.

Definitivamente, nada podía ser peor que esto.

Sanidad.
“¿Cómo llegue a ser quién soy?”

Aquel pensamiento se formó repentinamente en su conciencia. Tras pasar demasiado tiempo mirando hacia el infinito poco a poco había logrado reganar su voluntad otrora cubierta por aquella capa de oscuridad como un fiel guiño a la que cubría su propio cuerpo.

¿Cubría? Aquella comparación era tan hilarante considerando el hecho de que nada lo cubría exactamente. De hecho, era parte de él, la metáfora anterior era errónea de ser eso correcto, pues estaba completamente seguro de que la demencia que lo había consumido en el pasado no brotaba de él mismo. No como “aquello” que se asimilaba a su piel.

Carne de su carne, cuerpo de su cuerpo. Aquellas voces que parecían provenir detrás de su mente se habían desvanecido con el paso del tiempo, como si hubieran encontrado su perdición en los confines más recónditos de su conciencia. Salvo que él sabía que no provenían de ahí. Lo hacían desde ese lugar.

Levanto su brazo derecho aun cubierto en parte con aquellos vendajes cubiertos con antibióticos que trataban de ocultar en vano la marca que lo condenaba como otro de aquellos monstruos. Anormales les llamaban, las pocas veces que había logrado salir de su celda y poder tener el lujo de comer en el comedor principal en compañía de los otros presos había escuchado como el resto de la lacra que la sociedad había botado susurraban palabras contra él.

“Anormal”

“Fenómeno”

“Engendro”

Aquellas palabras se habían convertido en el pan de cada día durante el corto periodo en el cual se la había permitido moverse libremente por el establecimiento. Privilegio que perdió el día en el que accidentalmente interfirió en una pelea entre bloques, por pura defensa propia trato de protegerse de unos cuantos golpes pero su endemoniada marca se encargó de aquello.

El preso, miago triste que solo buscaba a los más débiles para atormentarlos y sustraerles lo que “la vida les había negado” encontró su final en el mismo momento en el que tuvo la desgracia de tener el mínimo contacto con la horrida piel de Johhan. Después de eso jamás volvió a poner un solo pie afuera de su celda, ahora vigilada constantemente con cinco gargantuas fuertemente equipados. Era más que obvio que estaban conscientes de su condición y no parecían tener en mente el dejarlo escapar, mucho menos estar al alcance de su toxicidad.

Pues era cierto, pensaba mientras veía a través delas fisuras entre los vendajes ápices de su “piel”, otrora de una tonalidad blanco-amarillenta, pero ahora, podía sentir a la perfección como es que esa “cosa” continuaba su expansión sobre su propio cuerpo, corroyendo su propia carne y sustituyéndola por ese tejido carnoso del cual emanaba una fuerte putrefacción.

“Esto nunca fue una necrosis”

El pensamiento permaneció suspendido en su mente mientras que una sensación de Deja Vu recorrió su cuerpo. Aquellas habían sido justamente las mismas palabras que había dicho el día en el que había caído en cuenta de que aquel pequeño accidente escolar había hecho algo más que darle unos cuantos dolores de cabeza. El mismo día en el que la tragedia llego a su vida y la infecto de una manera grotesca, casi tanto como el tejido orgánico que se estaba expandiendo desde sus propios brazos.

Una ráfaga atravesó todo su cuerpo enviando una sensación de incomodidad a sus terminales nerviosas. Dirigió nuevamente su atención hacia ambos brazos ya casi descubiertos. Al principio no vio nada por culpa de su semi-atrofiada visión, cortesía de la infección entrelazándose con su sistema nervioso pero tras unos cuantos segundos logro percibir un ligero movimiento, una palpitación dentro de la corteza putrefacta que ahora remplazaba el lugar que anteriormente fue su brazo derecho, no cabía duda algúna;Alguien o algo se estaba acercando.

Unos pasos en el corredor, más allá de la puerta metálica confirmaron sus sospechas. Rápidamente, se apresuró a enrollar nuevamente los vendajes en su lugar, sus “brazos” no reaccionaron de manera nociva, al parecer el vínculo entre ellos se había profundizado más, tal vez por el ligero hecho de que “eso” iba a tener el control del resto dentro de poco tiempo de igual manera y el, francamente, no podía tener un menor interés respecto al tema.

Los pasos se detuvieron frente a la puerta y su lugar lo ocuparon unos cuantos murmullos apenas audibles para un hombre común y corriente. Salvo que Johann había dejado eso atrás hace ya bastante tiempo, no valía la pena el recordar memorias inútiles que solo lo llenarían de depresión ante la vista de lo que había perdido y de la vida que nunca podría volver a tener.

Con unos cuantos chirridos, la pesada puerta de acero comenzó a moverse, revelando la corpulenta figura de uno de sus guardias que sostenía un pequeño círculo metálico, con una sola llave dentro de él. Al lado suyo se encontraba una esbelta figura en blanco, llevando un atuendo que el reconocería en cualquier lado, un color que detestaba con todo lo que quedaba de su putrefacta arma: Un doctor.

El médico no parecía estar al tanto de los pensamientos del convicto quien se hallaba a escasos metros, parecía también ignorar que se encontraba casi frente a frente con un hombre, no un joven bastante infame, quizás uno que era más que capaz de terminar con su vida ahí mismo. Por lo que procedió a caminar lentamente hasta tomar asiento en una vieja silla frente a Johann, quien lo miraba con apatía.

“Déjanos”-, ordeno con una voz bastante sueva el medico al corpulento guardia, quien asintió con un gruñido y cerró la puerta tras de sí. Minutos después, el silencio invadió la minúscula estancia.

El doctor entorno los ojos mientras sacaba de su bata lo que parecía ser un gran sobre, con suma delicadeza lo abrió y saco con igual gracia su contenido en la mesa que lo separaba del prisionero. Comenzó a ordenar la pila de papeles por medio de una extraña jerárquica que Johann desconocía.

“¿Qué demonios está haciendo?”-, pensó el convicto mientras no dejaba de mirarlo, había una extraña aurea alrededor del otro hombre, una que emanaba calor y seguridad, como si de un doctor que les aseguraba salud eterna a sus pacientes se tratara.

"Veamos, nombre: Johann Forester, Edad: 19 años, Cargos en su contra: Cadena Perpetua vago vigilancia intensiva, Clasificación de la Escala Sylva: 7, vaya, ¿quien lo diría?, parece que tenemos una pequeña potencia aquí entre muros, ¿no es así Johann?"

Al aludido encontró súbitamente interesante el mirar hacia el suelo, la sola mirada de aquel hombre disfrazado de doctor lo ponían increíblemente incomodo, nada que ver con la fachada con la que creía tener que lidiar. Escucho una pequeña risa proveniente de los labios de aquel hombre quien lo miraba con una mórbida fascinación.

"¿Que es lo que quieres?"

Johann se sorprendió a si mismo preguntando lo mismo que se había formulado momentos antes en su conciencia, hizo caso omiso alas palpitaciones que recorrían sus brazos y viajaban por su cuerpo.Fuera quien fuera aquel hombre, su sola presencia bastaba para estremecerlo no solo a el, sino que también a "eso".

"Nada en especifico, digamos que tengo un moderado interés por aquel "don" tuyo"-, contesto el doctor mientras continuaba observándolo con sus ojos entornados. Johann no había tenido una oportunidad de verlo de cerca, mucho menos de poder ver que el color de sus ojos de de un rubí brillante.Se pregunto así mismo si eso era siquiera natural.

No pudo ahogar una ligera risa ante la respuesta de su interlocutor."Así que viniste a una de las prisiones mas aseguradas de todo el condenado país, solo para ver, "esto"-, comento mientras señalaba a uno de sus brazos vendados.

El doctor no parecía verse muy divertido, porque el tono de voz que empleo fue increíblemente seca, desprovisto en todo del anterior cálido y burlón, aunque agradable. Johann se pregunto si estaba hablando con la misma persona.

"No vine aquí a perder el tiempo, ahora si no te molesta, podrías empezar con tu relato…Killertouch".Aquello confundió mas aun a Johhan, pero ante la sola mención de ese mote, sus ojos se entrecerraron y sus pocos músculos se tensaron.

"¿Que relato?"-, se atrevió a preguntar al cabo de unos minutos, la fría voz del "doctor" le respondió justo lo que el estaba presintiendo."Tu historia obviamente, hasta donde yo se, tu no naciste con esa cosa pegada a ti"

"¿Y cuanto es lo que sabes?"-, pregunto en un tono burlón Johhan esperando ver una reacción distinta en el rostro de su interlocutor, solo para encontrarse con nada, fuera quien fuera ese sujeto, se notaba a leguas que estaba muy versado en el arte de manejar sus emociones

"Veamos, estoy consciente que estuviste inmerso en cierto altercado durante una visita al zoológico por parte de su instituto..Commonwealth se llamaba, ¿no?, también se muy bien lo que paso después de un mes, ya sabes..Debió de ser inolvidable la experiencia de ser la espiral de todo un tumulto en tu propio instituto..Como tratabas de acercarteles y "eso" lo evitaba"-, respondió el medico a su vez con una enorme sonrisa de oreja a oreja que le dio mas inseguridad, no podía creer que tanto conocía el hombre, por lo que el sabia, los medios jamas tendrían el permiso de transmitir información al publico sobre los incidentes catalogados como "anormales", las agencias de seguridad jamas lo permitirían en su sano juicio, solo rumores rondaban por las calles a modo de leyendas urbanas.

"Si ya sabes demasiado, ¿que mas quieres de mi?"-, volvió a preguntar mientras se abrazaba a si mismo, sintiendo el ardor de la membrana carnosa contra la suave piel que aun le quedaba."No eres muy brillante, ¿verdad?, si no te diste cuenta mencione "se lo que paso después de un mes", lo que me lleva a un vació sobre o que ocurrió exactamente en aquel intervalo, por eso quiero dos cosas, la primera es bastante simple y la segunda te la diré después de la primera.."

"¿Y que hay si no quiero contarte nada?"-, pregunto bruscamente Johann, tratando de asumir una pose retadora que no hizo la menor mella en la fachada del doctor, quien sonrió y susurro a su oído, con una proximidad demasiado espeluznante para su gusto.

"Oh, pero entiende una cosa, tu estas en el sarten y yo estoy sosteniendo el mango, aunque pudieras defenderte no podrías lograra hacer nada, ¿que harás?, asesinarme y tratar de salir corriendo en un desesperado intento por conseguir tu libertad, con toda la vigilancia me sorprendería mucho si tan solo lograras llegar siquiera al pasillo..Ademas, tu precioso don no te sirve de nada contra mi..adelante, haz la prueba"-, comento mientras una sonrisa homicida se posaba en su boca.

Johann suspiro y comenzó su relato:

Dos años atrás:

Un golpe sordo fue lo que lo despertó de su letargo. En su brusca acción reflejada termino golpeándose con el muro en el cual estaba pegado su lecho lo que le ocasiono un leve ardor, el suficiente para despertar por completo sus sentidos. Colocando ambos pies al mismo tiempo para tener más equilibrio, Johann se incorporó mientras sus injurias por el golpe anterior eran remplazadas por un amplio bostezo. No cabía duda que había pasado gran parte de su horario nocturno con la mirada en la diminuta pantalla del celular sin estar consciente de lo que le esperaba en la mañana.

El golpe se repitió nuevamente y no hacía falta ser un genio para saber de dónde provenía y mucho menos para conocer la identidad de quien lo provocaba. La voz de su madre traspaso la madera mientras que su puño la golpeaba durante ciertos momentos para dar lugar a cortos intervalos acompañados de su furioso tono que daba a entender que no estaba muy complacida con la tardanza de su hijo.

Johann se apresuró a gritar una respuesta, solo para ir en dirección a su sanitario privado, lejos de los gritos. Una vez ahí, abrió el grifo con sus manos aun medio dormidas y las coloco a modo de cuenca entre la punta del grifo y el agujero del lavamanos para captar cierta cantidad de agua. Una vez hecho eso, levanto sus dos manos lo más rápido posible y estrello su contenido chorreante en su rostro.

Con una de las manos cerro el grifo mientras se secaba la cara con una toalla sostenida por la otra. El frio tacto del agua logro reanimar por fin todos sus sentidos aun negándose a obedecerlo, mientras terminaba de secarse se miró al espejo esperando encontrar un rostro algo más pulcro para evitar nuevos sermones por parte de su madre.

Los dos ojos cuyo iris era del mismo color del azabache le devolvieron la mirada desde el otro lado del cristal azogado, en el centro de un rostro de forma un tanto angulada coronado por una cabellera corta color cebada cuyos mechones lacios adornaban su frente y contrastaban profundamente con los dos pozos negros que tenía por ojos, sus facciones estaban un tanto bien definidas, solo estropeadas con unos cuantos depósitos de grasa corporal que su poca afición por las actividades físicas le había acarreado mientras que la piel, con una tez aparentemente normal se veía tersa y limpia.

Johann concluyo que su apariencia era lo suficientemente respetable como para poder encarar a su progenitora que de seguro lo esperaba echando chispas en el comedor. Había ocasiones en las que él no entendía cómo es que su padre había optado con casarse con aquella mujer, cuyo único rasgo destacable era su pésimo temperamento, en especial en las situaciones que no salían como ella quería. Un escalofrió recorrió su espalda al pasar por su mente el recuerdo de la vez en la que fue testigo de cómo su padre le había señalado ciertos aspectos un tanto negativos en una velada familiar.

La mirada que esta le había dedicado a su padre le provoco insomnio durante noches enteras y la reacción de su madre al encontrarse solos los tres en la casa le enseño a jamás contradecirla a menos de que tuvieras algo con que defenderte.

Mientras pensaba eso, había culminado con remplazar la camiseta de algodón que usaba para dormir con la playera de cuello con el logo de su actual escuela en la cual llevaba más de dos años cursando. Siendo sincero, no le desagradaba el lugar y mucho menos tenía algún problema dentro de él.

Solamente le incomodaba un poco la sensación de insolación que tenía varias veces. Eso no significaba que el fuera un solitario o alguien que evitara la compañía que no fuera la de un pequeño círculo de amigos cercanos porque amigos tenia, no tantos al parecer pero eso no le podía importar menos.

A decir verdad rara vez comunicaba algo sobre el mismo, ya que en todas las pláticas ellos solían hablar de cualquier tema aleatorio, generalmente relacionado con los gustos de ellos, algo con lo que Johann tenía problemas para comprender. Su infancia no se le podía llamar la mejor de todas pero tampoco la peor, pues jamás paso por ningún maltrato y estaba perfectamente consciente de que era una muestra de la preocupación de sus padres hacia él. Solo había sido un tanto estricta y privada de ciertos aspectos, por ejemplo comunicación y contacto con las tendencias y gustos modernos.

Pero por fortuna para él, eso no le impidió desarrollar una personalidad un tanto extrovertida cuando se trataba de hablar de cualquier aspecto que conociera, actitud que se quebraba instantáneamente a la vista de algo desconocido para él. Pero al menos tenía amigos con los cuales pasar el tiempo y eso era lo que importaba, ¿no?

Con aquellos pensamientos en mente, se abrió paso a través de su pulcro dormitorio y se abrió la puerta internándose al angosto pasillo que conducía a las escaleras, camino un tanto apresurado hacia las escaleras mientras que las sombras del pasillo se disipaban ante él aunque era probable que solo fuera su (en ocasiones) su alocada imaginación jugándole viejos trucos.

Recordó sonriendo nerviosamente como hace años había sentido una punzada en ese mismo lugar. Solo para después sentir como la atmosfera a su alrededor se sentía pesada y una ventisca atravesaba su cuerpo como si cientos de minúsculos aguijones de hielos se clavaran en su piel y se abrieran paso hasta el otro extremo. En ese momento había jurado ver como algo se movía frente suyo, no, más bien en todas partes, por unos segundos había creído ver como las propias paredes se agitaban y comenzaban a separarse mientras que algo se manifestaba detrás de ellas. Algo increíblemente abrumador.

Menos mal que solo había sido una simple pesadilla, porque se encontró despierto y bañado en su propio sudor acostado en su cama.

Esa no había sido la única ve que había tenido experiencias similares, que la terapeuta que se dignó a escuchar su relato diagnostico como una simple paranoia atribuida a terrores nocturnos, nada de qué preocuparse.

Por supuesto que aquella visita a ese consultorio no había ocurrido por ningún incidente, solo fue por haber tenido la brillante idea de contárselo a su madre. Los sermones de aquellas semanas aun rondaban por su cabeza.

Una vez terminado de descender por las escaleras, se encontró frente al comedor. Ante la perspectiva de tener que encarar a su madre quien de seguro le iba a reprochar por la tardanza, trago saliva y suspiro. Solo rogaba porque no tardara tanto.

"Interesante, una figura femenina dominante antes de su "crisis". Veamos que mas tiene que ofrecer este relato, porque la primera parte me ha entretenido..Bastante, en especial con aquella ruptura, hmm, me pregunto si aquello habrá influido en el, tendré que seguir estudiándolo"

El doctor seguía escuchando a su "paciente" aunque a decir verdad, no le interesaba mucho la narración de los sermones que su madre le propinaba, por lo que decidió seguir haciendo anotaciones mentales mientras el relato oral proseguía, aunque no lo aparentaba y pareciera seguir solamente las instrucciones que el "árbol" le había asignado, moría de curiosidad por saber los detalles a fondo de la verdadera historia de Johann Forester. No, el sujeto treinta y seis.

Nombre clave asignado por la institución de Sylva: Killertouch.

Johann entorno los ojos levemente mientras hacia su entrada por el corredor principal del instituto, las paredes de ladrillo teñidas de un rojo opaco lo rodeaban y se extendían a lo largo de este, flanqueadas ocasionalmente por uno que otro pasillo menor o una puerta acristalada que conducía a alguna de las aulas menores.

No le extrañaba para nada el no escuchar pisadas por los corredores pues estaba bien consiente de el gran retraso que llevaba, con suerte la profesora llegaría tarde pero mientras tanto, podía empezar a inventarse una buena excusa que decirle a ella en caso de que ya estuviera presente.

Sabía que no podía contar lo que en verdad había ocurrido, por un lado aquello le atraería las burlas de sus compañeros de clase y por otro aquello llegaría irremediablemente a oídos de su madre quien andaba como un búho entre las juntas de padres de familia indagando de una manera casi inquisitoria todo lo que acontecía en respecto a él.

Silbando nerviosamente doblo la esquina del pasillo al llegar al final de este, frente a él se extendía el patio central adosado con hileras de adoquines brillantes y jardineras con una que otra planta que subsistía milagrosamente por ahí. Johann raras veces salía de su aula en los recesos por lo que no siempre había tenido el tiempo de admirar un poco el paisaje que el patio central de la institución ofrecía.

Meneo la cabeza ligeramente. Ya tendría tiempo de hacer eso después, primero debía concentrarse en tratar de escabullirse hacia su aula rogar porque la profesora estuviera demorándose.

Menos mal que la puerta que buscaba no se encontraba muy lejos ya que de lo contrario él se hubiera visto forzado a esperar hasta la siguiente clase aunque eso hubiera significado la penosa tarea de confundirse entre los grupos de alumnos que subían el siguiente piso en dirección a los salones donde él tomaba su segunda clase.

Como fuera, al menos ya se encontraba a salvo o eso pensaba mientras abría la puerta de su aula envuelto en una atmosfera silenciosa. Para su mala suerte, una de las bisagras por omisión de alguno de los de mantenimiento no se encontraba engrasada por lo que emitió un leve pero audible chirrido que basto y sobro para llamar la atención de los de adentro.

Trago saliva mientras se internó en la pieza ya resignado a afrontar su consecuencia cualquiera que fuera. Para su sorpresa por segunda vez se encontró frente a su salón con la mayoría de sus compañeros mirándolo, no cabía duda de que habían escuchado el chillido de la bisagra de hace rato, con el nerviosismo presente se abrió paso por lo que faltaba y comenzó a caminar hacia su asiento, sin reparar en las miradas que se cernían sobre el que poco a poco comenzaban a levantarse y dirigirse hacia sus otros asuntos.

“Johann”

Se detuvo al escuchar eso, volteo para encontrarse con una de las figuras más influyentes del salón; Mike Andrew quien lo miraba fijamente con sus ojos color miel y tenía ambos brazos cruzados sobre la ligera camiseta que lucía para dar gala de sus bien trabajados músculos, fruto de varias horas en el gimnasio local. A Johann le traía sin cuidado eso, no estaba en malos términos con nadie y no planeaba estarlo, por lo general solo hablaba cuando los demás lo hacían o le preguntaban directamente, lo último parecía estar acorde con aquella situación por lo que respondió con un “¿Si?” en su eterno tono apático aunque en el fondo tenía un poco de curiosidad por saber porque el sátrapa de la clase se estaba dignando dirigirse hacia él.

Pasaron unos cuantos segundos antes de que el otro acomodara correctamente sus brazos miraba al suelo levemente y daba un largo respiro, parecía que habían transcurrido casi horas desde que Johann había respondido, estaba más que dispuesto a darle la espalda y sentarse en su pupitre aun a riesgo de quedar en el mal lado del príncipe escolar. “Por pura casualidad, cuando venias hacia acá, ¿viste a la maestra venir hacia aquí?”

Una marca imaginaria de enojo apareció en la sien izquierda de Johann quien a duras penas podía creer que alguien se tomara tanto tiempo en formular una simple pregunta por lo que se apresuró a contestarle con su mejor tono agrio o que sabía.

“No, no la he visto”. Decidió ahorrarse el decir que estaba esperando el ya encontrarse a la señora en el aula, por lo que simplemente no se dignó a escuchar la respuesta del atleta y se encamino a su asiento, no sin antes depositar sus cosas al lado de la silla de este. El fantasma de lo que se le podría considerar una sonrisa se formó en su rostro al sentir una presencia familiar tomar asiento justo detrás suyo. Minutos después cuando termino de acomodarse, una familiar voz para otros un tanto seca y un tanto desagradable llego hasta sus oídos.

“Veo que montaste un numero en casa, ¿no es así Johann?” Una ligera risa, casi amigable acompañaba aquella pregunta. Johann la imito mientras se disponía a voltearse, solo para que la misma voz se lo impidiera. “¡No!, sin miradas, ¿o es que acaso me extrañaste demasiado?-, dijo con un tono un tanto burlón. Johann suspiro mientras juraba en su interior que parecía que había personas que existían solamente con el propósito de molestarlo y lo peor, es que estaba justo de espaldas con una de ellas. “Veo que aun te gustan este tipo de juegos, ¿verdad Daniel?”-, contesto acentuando el ultimo nombre con un falso tono de veneno mientras esperaba escuchar alguna reacción de su “amigo” quien para su mala suerte, era demasiado experimentado en manejar sus emociones.

“Bah, no es para tanto, en fin, parece que tendremos que estar atorados en este muladar por lo menos durante seis meses”-, por su tono, Johann lo imagino haciendo un gesto de disgusto, si había alguien tan voluble en el mundo era él.

“Sigo sin entender porque estas que Daniel, prácticamente tu familia podría comprar esta escuela y fácilmente una cuarta parte de la ciudad”-, dijo después de un incómodo silencio y agrego para sí mismo,- (Si es que no la tienen por el otro lado).

Se produjo un silencio mucho más incómodo que el anterior, la tensión entre los dos casi podía sentirse en el aire, antes de preguntarse qué era lo que pasaba, Johann lo recordó; Daniel no tenía a sus padres, por lo que el sabia estos habían muerto hace años, cuando él no podía tener más de ocho y desde ese entonces había estado bajo la tutela de su tío paterno, un hombre grueso e inflexible, quien no parecía estar muy interesado en pasar tiempo de caridad con su sobrino.

El pobre chico había crecido bajo la sombra de varios tutores a suelo en múltiples internados tanto de este país como el de origen de sus padres, fue justamente en uno de aquellos lugares donde se conocieron hace ya casi dos años.

Johann tuvo las repentinas ganas de darse un golpe a sí mismo en la cara, ¿cómo había sido tan estúpido para olvidar algo así?, viendo que no tenía otra opción, se volteo para encarar a su amigo y pedirle disculpas.

Daniel estaba a justo un metro de diferencia suya, recargado en la silla de una manera bastante inapropiada para alguien que de seguro había tenido que pasar por la mitad de su vida siguiendo un código de etiqueta que solo el lunático de su tío tenía la ocurrencia de inocular a temprana edad.

Era un joven de no más de quince años, con las facciones bastante marcadas que evidenciaban una falta de apetito abundante, su compostura era bastante normal sin ningún rasgo fuera de lo común, su piel del mismo color de la tierra lo marcaba como un oriundo del país del sur, lo cual no era cien por ciento cierto ya que eran sus padres quienes habían nacido allá y el aquí pero le daba lo mismo, su frente estaba completamente cubierta por los mechones más largos de su cabello color obsidiana cuyas puntas y algunas raíces estaban decoloradas en un tono cobrizo, fruto del estrés que había sufrido cierto tiempo atrás, sus ojos, del mismo color que la tonalidad original de su cabello parecían escrutar el suelo.

Ese era Daniel Caudillo, el autoproclamado mejor amigo de Johann Forester, que ironía del destino el que este los pusiera bajo distintos pendones después.

Daniel permaneció unos momentos en esa misma posición, solo para terminar sacando algo de su mochila y leerlo detenidamente, Johann tuvo que forzar la vista para poder distinguir el contenido de este o por lo menos su título. “¿Qué estás leyendo?”-, pregunto ansioso de terminar con el incómodo silencio que los estaba envolviendo además de que no podía negar el sentir algo de curiosidad por aquello. Daniel contesto con un gruñido y le alargo el objeto, Johann se apresuró a tomarlo y le dedico una rápida mirada. Era un folleto impreso en papel rojizo adornado con distintos motivos blancos, reconoció perfectamente la bandera que adornaba la esquina pero arqueo las cejas al ver el curioso símbolo y la escritura que rezaba bajo este.

“Confido autem in scientia” -, Recito Daniel,-“En el conocimiento confiamos”, es el lema de la universidad a la que quizás me interese asistir”-, continuo mientras una chispa de emoción se notaba en sus ojos.

Johann no contesto, estaba muy ocupado leyendo el contenido del folleto. A decir verdad, raras veces pensaba en su futuro, fruto de encontrarse en una situación muy dependiente, aunque por lo que estaba leyendo en ese panfleto, no se veía nada mal.

“¿Entonces tienes planeado el continuar el negocio familiar?, no me lo esperaba de ti, siempre dijiste que detestabas todo lo relacionado con negocios y esas cosas”-, comento Johan mientras seguía leyendo. El aludido emitió una ligera risa mientras contestaba. “Sinceramente la Corporación Heraldus no me puede importar menos, cualquiera de esos viejos fósiles de la junta directiva o incluso mi tío puede quedarse con eso, naturalmente tendré una compensación por aquello pero nada ms, lo deje muy en claro cuando me mandaron de regreso aquí” “¿Y qué es lo que tienes planeado estudiar?”-, pregunto Johann intrigado, si algo desconocía de su amigo eran sus intereses a excepción del billar (Sin contar que era pésimo en ese juego) “Psicología” -, respondió solo para escuchar una tremenda risa de su amigo, cuya cara ya mostraba una tonalidad rojiza a consecuencia de la reacción, Daniel espero estoicamente unos minutos mientras observaba el acto de su amigo, pasados unos dos, se animó a preguntar.

“¿Terminaste?” Solo para recibir como respuesta la pregunta que se le había hecho primero, contesto lo mismo y la risa prosiguió por otros dos minutos, en ese tiempo varios de los alumnos volteaban a la escena, Daniel estaba sintiendo ahora lomas parecido a la vergüenza mientras que los demás pena ajena.

Afortunadamente (Para todos salvo Johann) , la puerta en ese mismo momento se abrió revelando una silueta muy bien conocida, apenas la reconoció Daniel no pudo evitar sentir algo de lastima por su mejor amigo en especial por lo que le ocurriría en su casa, pero luego recordó que a lo mejor era un castigo divino y se lo guardo para sí.

“¿Qué está pasando aquí?”-, pregunto la profesora un tanto molesta, mucho más que lo habitual.

Johann se quedó helado al reconocer la voz, sus pupilas se abrieron y cada musculo de su cuerpo se tensó, trago saliva mientras rezaba porque fuera rápido.

“Bueno, eso pudo haber salido peor”-, comento Daniel aguantándosela risa mientras los dos caminaban por el pasillo central en dirección hacia la verja de hierro de la salida. Luego de la pequeña escena trascurrida en el salón que culmino con un memorable regaño por parte de la maestra hacia Johann, esta se tomó lo que quedaba del horario de su clase para explicar la visita al zoológico local que se efectuaría dentro de dos días y les pidió que se comprometieran a no solo traer la cantidad de dinero requerida para la excursión sino que también hicieran lo mismo con la identificación escolar. Atravesaron la verja de la entrada tras saludar al guardia y se apresuraron a cruzar la calle, a pesar de que tenían cerca de una hora de receso ambos estaban conscientes de lo mucho que se tardaban en preparar las ordenes en la pequeña cafetería frente a la calle.

Una vez dentro, en la mesa pegada al rincón más solitario, los dos estudiantes continuaban su conversación armados con su respectiva taza repleta de café humeante.

“Bueno, ¿y cuando planeas largarte de ese agujero infernal?, sin ofender claro esta”-, preguntaba Daniel antes de darle un ligero sorbo a su respectiva taza, uno de los mechones más largos de su cabellera había ido a parar frente a su ojo izquierdo, tapándolo casi por completo.

Johann trato de mantener una fachada estoica pero en su interior se le veía preocupado, no cabía la menor duda de que no tenía ni la menor idea de que era lo que podía hacer para poder independizarse, por un lado la actitud sobreprotectora de su madre era un lastre bastante evidente mientras que por otro este a su vez le generaba una inseguridad bastante grave y las notas que obtenía por trabajos orales hablaban bien por él.

“Siendo sincero, no lo sé”-, se animó a contestar tras algo de tiempo, se tomó su tiempo para agitar su café con la diminuta cuchara plateada mientras sus pensamientos daban vueltas acorde a la superficie del negro líquido.

“Es en serio Johann”-, insistió nuevamente, esta vez con un toque que rayaba en lo serio, algo que no se veía todos los días, Johann intuyo que su amigo estaba por comentarle algo importante.

Un estornudo se soltó repentinamente de la boca de Daniel, quien lo previno tapándose la boca instintivamente, luego otro y otro, antes de que Johann pudiera hacer algo, este levanto la mano indicándole que todo estaba bien, aunque en realidad no lo parecía. Johann volteo hacia atrás buscando a la mesera con la esperanza de poder ordenar un refill, momento en el que no tuvo la oportunidad de ver como las raíces color castaño de su amigo comenzaban a retraerse hasta adoptar el mismo color que el resto del pelo, los ojos permanecieron nublados un segundo hasta que se entornaron ligeramente, su pupila se ensancho y los anillos concéntricos de la iris color obsidiana se contrajeron ligeramente.

Una sonrisa completamente fuera de la personalidad de Daniel se dibujó en la comisura de los labios, los dedos de la mano izquierda comenzaron a tamborilear nerviosamente mientras que los dos pozos oscuros rodeados de un mar blanco escrutaban la distraída figura de su amigo quien no parecía estar consciente de lo que ocurría.

Húmedos pensamientos teñidos de rojo comenzaban a nublar la mente de Daniel, solo incrementados con el repentino ardor que sentía en la base de la nuca, sin poder controlarse, su lengua color rosa pálido se deslizo armoniosamente sobre sus dientes, dejando la punta fuera de la cavidad bucal, como si de una víbora rastrera se tratara.

“Aquí está el relleno que pidió señor… ¿Johann?”. La camarera, una mujer de la misma edad de los dos, con una pequeña taza en la bandeja que sostenía la taza que había ordenado su amigo estaba frente a la mesa de los dos, fue su voz la que saco de su letargo voluntario al aludido y lo que despertó a Daniel, quien lejos de querer verse en medio de una situación incómoda se retiró.

“Ahora regreso”-, dijo mientras se dirigía hacia la inconfundible puerta de los sanitarios dejando a su amigo con la camarera que aparentemente lo conocía. Los dos se quedaron mirando por unos minutos hasta que Johann reacciono, con una voz repleta de incredulidad, pregunto.

“¿Victoria?”

Daniel respiraba con dificultad mientras abría la puerta del sanitario reservado para los caballeros, con una mano en su pecho y la otra concentrándose en cerrar la puerta emitió un estornudo mucho mayor que los anteriores, solamente para ser seguido por toda una serie de estos que comenzaban a taladrar su garganta.

Tambaleándose, se aproximó hacia el lavamanos más cercano y se apoyó en él, con la cabeza baja, emitió un estornudo mucho más profundo y sobretodo doloroso. Un sabor extrañadamente familiar para el comenzó a invadir su boca hasta tornarse en algo espeso y burbujeante justo antes de que otro de los estornudos expulsara gran cantidad de este fuera de la cavidad bucal.

Sus ojos se abrieron repentinamente al reconocer lo que yacía ahora sobre la pulcra superficie del lavamanos. No podía dar crédito a lo que veían sus ojos pero si a lo que podía captar su olfato y lo que palpaba su gusto, no podía creer que le quedara tan poco tiempo. Ahí, a punto de escurrirse al agujero para la salida del agua yacía una cantidad considerable de un líquido que el lamentablemente conocía muy bien.

Aquel sabor metálico retozando en su boca parecía hasta coagularse ahí mismo para tormento suyo, sin darse cuenta, su respiración volvió a fallarle al igual que sus piernas.

Una vez en el suelo, apoyado con la pared adoquinada, comenzó a tratar de calmarse, su respiración volvía poco a poco a su ritmo habitual mientras que gruesas gotas de sudor comenzaban a resbalar por su frente o a brotar de su misma piel. En la coronilla, las raíces color castaño comenzaban a regresar, lo mismo para los mechones.

Sus ojos comenzaron a aclararse hasta recobrar su brillo habitual dejando atrás aquella profundidad opaca.

Daniel respiro tranquilamente mientras extraía de su bolsillo un pequeño estuche, con las manos temblorosas trato de abrirlo cosa que logro tras varios intentos, de aquella diminuta caja extrajo una píldora no mayor a un caramelo, rápidamente y sin un vaso de agua la trago con algo de esfuerzo.

Los síntomas de estrés que su cuerpo presentaba comenzaron a calmarse, permitiéndole el poder tener de regreso el control. Respirando con dificultad, se quedó mirando hacia la otra pared.

El, Daniel Caudillo, huérfano de ambos padres, ultimo heredero de una corporación en ascenso y portador de una secuencia patológica inestable que se había cobrado varias vidas en su familia, había visto hace pocos minutos su propia sentencia de muerte. Apoyo la cabeza contra la pared detrás suyo y dejo por segunda vez que la parte delantera de su pelo cubriera la mitad superior de su cara, a través de las pocas aberturas, sus dos ojos lucían más profundos que antes casi con un toque de melancolía en ellos.

“Parece que no me queda mucho tiempo”

La bisagra emitió un chirrido al sentir movimiento, al mismo tiempo la puerta que sostenía se abría lentamente. Notando aquello, Daniel hizo una nota mental de mandar a engrasar aquel soporte antes de que se convirtiera en una molestia más.

Camino a través de la familiar penumbra del corredor, algo completamente ajeno a su incomodidad y a la comodidad de otros, una de las pocas razones por las cuales su modesto apartamento no acogía reuniones de carácter social. Estando desprovisto de la gran mayoría de los temores cotidianos que vislumbraban ahora como meras sensaciones para nada dignas siquiera de permanecer en su ya de por si dividida mente.

Una vez que logro llegar hasta el fondo del pasillo, quedo frente a frente a la puerta de su alcoba. Antes de entrar, dejo escapar un largo suspiro en su interior rogaba inmensamente no encontrarse con aquella perra adentro. Una vez abierta, se precipito cautelosamente hacia la pieza solo para comprobar con satisfacción como se encontraba desprovista en lo absoluto de ocupante alguno, mucho mejor para él, aquello era más que justo lo que necesitaba para poder reflexionar en paz, sin aquella súcubo extrayendo su preciada concentración y su aún más valioso dinero, dos cosas que en aquellos precisos momentos le eran indispensables.

Se sentó en el borde de su cama actuando de una manera despreocupada, o al menos eso pretendía hacer en el exterior, cuando él sabía perfectamente que no se encontraba para nada bien, después de todo, el encontrarse en el corredor de la muerte no era una experiencia de lo más agradable.

Gran parte de su pelo bicolor tapaba su frente y ocultaba su vista pero aquello le daba igual, aunque pareciera que el estuviera ahí, era su mente lo que se hallaba lejos, revisando en las profundidades de sus anaqueles mentales cualquier pieza de información valiosa. Le daba igual el perder su imagen despreocupada, le urgía enormemente el recordarlo.

Se encontraba justo ahí, en el sitio donde lo había dejado. Avanzó cautelosamente entre los oscuros pasillo de su conciencia mientras se cuidaba de percibir cualquier señal extraña u anomalía que le señalara la ubicación de “eso” .El raras veces se sentía asustado ante algo pero cuando su propia vida se hallaba en juego, no dudaba en apegarse lo más posible a los bordes de su cordura donde sabía perfectamente que encontraría a su aliado o enemigo, fuera lo que fuese, le daba igual, ambos compartían la misma residencia y aquello bastaba.

Un gemido se oyó a la distancia apegándose a las paredes del corredor mental mientras las tinieblas maldecían su paso. Se mantuvo estoico, no debía presentar emoción alguna cuando iba a visitar a su pequeño prisionero de lo contrario, no le iba a gustar nada lo que le ocurriría después, pues mientras el dominaba el cuerpo, era en la mente donde su poder se volvía inexistente, donde no había ninguna píldora que le permitiera mantener el control sobre los dos y mucho menos tenía el valor para hacerle frente a “El. El gemido volvió a escucharse a la distancia, no, ya no solamente era uno solo. Al parecer, había comenzado mucho más antes de lo esperado y la visión dantesca que sus ojos se toparon a la vuelta de la esquina lo demostró.

Las paredes, si bien en aquel complejo mental parecían ser simples barreras cubiertas con cal y hechas de duro ladrillo a partir de aquel pasillo la apariencia cambiaba drásticamente.

Cascadas negruzcas que palpitaban ligeramente ocupaban su lugar hundiéndose repentinamente y volviendo a surgir, los gemidos regresaron con mucha más intensidad y por primera vez él pudo presenciar su fuente. Ahí, en las paredes carnosas negras como la brea, se hundían docenas de rostros muy bien conocidos para él.

Sus voces, espectrales y macabras penetraban su conciencia como duros taladros mientras que algunos de ellos trataban de salir en vano de aquella prisión orgánica que los atormentaba eternamente. Uno de ellos, trato de incorporarse y asir su esquelética mano, unida por fibras carnosas a su grotesco brazo a su talón más cercano, lo que ocasiono que Daniel perdiera por un segundo su actitud estoica. Dio un pequeño puntapié y el horrido espectro cayo al pozo de la materia impura para no volver a salir.

Siguió avanzando hasta llegar a lo que parecía ser una puerta. Antes de tomar la manija, cerró los ojos y murmuro algo sobre tener fe, solo para internarse en la inmensa penumbra de aquella nueva estancia.

Avanzo tanteando a su suerte. Nada, a pesar de encontrarse en las profundidades más recónditas de su mente no podía ver siquiera tres palmos.

Siguió avanzando por lo que le parecieron ser minutos si es que en el plano imaginario de su cabeza el tiempo transcurría porque siendo sincero aquello era algo que nunca había tenido el tiempo ni el interés en estudiar aquello y en el fondo no le importaba en lo absoluto, le bastaba con saber que era lo que tenía que encontrar.

No logro avanzar mucho más. Cuando le parecía ya estar en el centro de aquella negra estancia sintió un ligero golpe en su hombro. El tacto fue tan ligero que no consiguió identificar la fuente hasta que un gemido espectral se oyó a la distancia.

No, venia de arriba, justo arriba de él. No quería hacerlo pero cuando volteo por encima del hombro solamente tuvo unos cuantos minutos para apreciar la intensa negrura que lo rodeaba. Antes de ver como una enorme sombra se abalanzaba desde las alturas. Su rostro se tornó en una máscara de horror al observar su grotesca figura. Ni siquiera tuvo tiempo de gritar…

Daniel abrió ambos ojos. Con dificultad comenzó a incorporarse mientras emitía un ligero gruñido de desaprobación. Una vez que hubo terminado con aquella tarea, volvió a sentarse en el borde de la cama.

Mientras que su cara mantenía una expresión sumamente estoica sus ojos rebosaban con algo parecido a la rabia solo alimentada con la impotencia de verse completamente atenuado con la tarea de explorar su laberinto mental y para empeorar las cosas aquel mal había comenzado a drenar su aparente concentración, patético.

Las dos iris color ónix escrutaron desde el suelo hasta llegar a la pared, en ella se toparon con las familiares posiciones de sus cuadros familiares. Paso de largo los polvorientos retratos de su bisabuelo o tatarabuelo en sepia olvidados en la lejana esquina y dirigió su vista hacia el que más le interesaba.

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